Hay momentos en la vida en que todo parece romperse. La psiquiatría clásica se ha acostumbrado a etiquetar esos momentos como trastornos: crisis de ansiedad, episodios depresivos, descompensaciones. Y sí, a veces lo son, pero a veces también son algo más: puertas, umbrales, puntos de inflexión.
A lo largo de mi trayectoria, he visto cómo detrás de un síntoma se esconde muchas veces una pregunta más grande: ¿qué parte de mí necesita ser escuchada? ¿Qué me está diciendo este dolor? Cuando no hay espacio para esa pregunta, la crisis se convierte en patología crónica. Cuando hay contención, escucha y visión, la misma crisis puede convertirse en un proceso de despertar.
Esto no significa romantizar el sufrimiento ni negar la necesidad de apoyo clínico, contención o, en ocasiones, medicación. Significa recordar que la mente humana es compleja y que el dolor, cuando se acompaña bien, puede abrir un sentido que va más allá de la simple supresión de síntomas.
En la psiquiatría integrativa y transpersonal, crisis y despertar no son opuestos. Son dos caras de una misma posibilidad: la de transformar lo que duele en un paso hacia algo más profundo y más verdadero. Acompañar ese tránsito exige respeto, ética y la humildad de no imponer explicaciones cerradas.
Quizás la verdadera tarea no sea tapar el síntoma, sino aprender a escucharlo sin miedo.
Cada crisis puede ser un umbral: no siempre se trata de escapar, sino de aprender a cruzarlo.