En los últimos años, la conversación sobre psicodélicos y salud mental ha dejado de ser marginal para ocupar titulares, investigaciones y espacios de formación. Hoy sabemos que estas sustancias, lejos de ser panaceas, pueden abrir puertas interiores que muchos no se atreven a mirar.
Como psiquiatra, observo con interés —y con prudencia— cómo crece el uso de sustancias como la psilocibina, la ayahuasca o el MDMA dentro de contextos terapéuticos y de expansión de conciencia. Lo que podría ser un recurso transformador también puede convertirse en riesgo si se trivializa, se reduce a un fármaco sin proceso o se despoja de la contención ética que todo trabajo profundo necesita.
Para mí, hablar de psicodélicos no es hablar de recetas rápidas. Es preguntarse: ¿qué lugar ocupa el síntoma? ¿Qué pasa si desbordamos la mente sin preparación? ¿Cómo podemos sostener lo que emerge cuando se rompen las barreras ordinarias de la conciencia?
La psiquiatría integrativa y transpersonal que defiendo no niega estos estados. Los reconoce como parte de una historia humana ancestral de búsqueda de sentido y transformación. Pero insiste en algo que a veces se olvida: sin preparación, sin acompañamiento y sin integración, una experiencia intensa puede quedarse en un fogonazo que confunde más de lo que revela.
En este horizonte, la reducción de riesgos y la integración no son detalles secundarios: son la raíz de cualquier práctica que se pretenda ética y consciente. Escuchar, contener y sostener siguen siendo —quizás más que nunca— verbos esenciales para repensar la relación entre psiquiatría, psicoterapia y expansión de conciencia.
Quizás ahí esté la clave: recordar que detrás de cada sustancia hay una persona, una historia y una búsqueda que merece ser honrada con rigor, cuidado y humildad.
Entre abrir puertas y sostenerlas abiertas hay un camino: la ética, la escucha y la integración.